BASKETZARAGOZA.NET Cuestiones como los rasgos físicos, el carácter y la personalidad pueden transmitirse de padres a hijos, pero no son lo único que puede trascender de generación en generación. La pasión por el deporte, el baloncesto en este caso y el CAI Zaragoza en concreto, es buen ejemplo de ello.


Pol y Eric junto a su abuelo Antonio

Antonio, natural de la localidad oscense de Oto, siempre ha sido un gran aficionado al deporte en general y ha profesado una especial devoción por el baloncesto y por el rojo del CAI desde los tiempos de los hermanos Arcega, Zapata y compañía. Tanto para él como para su hija Lydia, a quien inculcó la pasión por la pelota naranja, la desaparición del antiguo CAI Zaragoza fue tal palo que les produjo un desapego del deporte de la canasta durante años que solo pudo remediarse con la creación del Basket Zaragoza 2002 SAD.

Durante esos años vacíos de baloncesto, Lydia, nacida en Barcelona, tendría a sus dos pequeños: Pol y Eric. Allí, desde la distancia, fue testigo de la fundación del nuevo CAI Zaragoza y de como sus hijos crecían a la par que su club de siempre. Sin embargo Pol, de 11 años, y Eric, quien cumplirá los 9 el próximo mes de septiembre, por cuestiones de afinidad siempre mostraron afición por el FC Barcelona. Algo que comenzó a cambiar cuando a su madre se le ocurrió llevarles a ver un partido del conjunto maño al Palau. "Fue el primer partido que el CAI le ganó al Barça. Para ellos fue una sorpresa, como 'ostras, este equipo del yayo y de mamá le ha ganado al Barça'", reconoce Lydia en alusión a aquel partido que Van Rossom decidió con una canasta en el último segundo. Al principio todo quedó ahí, pero el germen ya estaba puesto.

Esa misma temporada la familia fue a Badalona a ver el partido frente al Joventut y a los pequeños aquel joven equipo como ellos les había hecho gracia: "¿Por qué no vamos a ver a los jugadores?", le espetaron a su madre. Llegaron tarde al autocar, pero Joaquín Ruiz, segundo entrenador del CAI, les bajó su libreta firmada por todos los integrantes de la plantilla rojilla. Un gesto que marcaría el porvenir de la afición de los pequeños. "El próximo año cuando venga el CAI a Barcelona iremos a verlos", afirmaron rotundamente a su madre.

Aquel encuentro todavía fue con la camiseta del equipo catalán puesta, pero sería la última vez. Pol haría la comunión el próximo año y cuando su padrino le preguntó por su regalo, el mayor de los hermanos no lo dudó un momento: "Quiero la equipación del CAI Zaragoza". Lo que Lydia creía que sería un capricho pasajero resultó ser un seguimiento acérrimo al conjunto que entrena José Luis Abós. Cada domingo, la familia al completo se congrega delante del televisor para seguir los partidos del CAI, pero el fervor de Pol va más allá.


Pol, Eric y Antonio con Stefansson tras el partido ante Bilbao Basket

Entre la marabunta de camisetas de la NBA y del Barça que impera en el equipo donde juega, destaca la equipación rojilla del joven seguidor caísta. Lo que al principio eran risas y caras de extrañeza se han transformado tras esta temporada histórica en respeto hacia el joven Pol, quien cansado de ver al CAI en pista ajena suplicó a su madre para vivir el ambiente de basket del Príncipe Felipe. "Aprovechando las Navidades y ya que íbamos al pueblo, pasamos por Zaragoza y vimos el partido contra Bilbao. Fue emocionante y estuvieron encantados", desvela la madre sobre una cita que no sería la última en el Felipe. "Cuando nos clasifiquemos para el playoff volvemos, mamá", dijo entonces un Pol convencido del cometido de su equipo. "Eso es mucho decir, cariño. Si los jugamos ya veremos", le advirtió Lydia con prudencia materna. Pero la fe de Pol en el CAI era plena: "¡Los jugaremos!", sentenció.

Y así fue. El CAI consiguió meterse en las eliminatorias por el título y Pol quería estar en el Felipe para disfrutar de una cita histórica para el club. Aunque para ello tuviese que sobreponerse a cualquier imprevisto. "Coincidió que se hizo un esguince e iba escayolado y con muletas, por lo que no teníamos previsto ir, pero se empeñó en ir costase lo que costase. 'Aunque tenga que ir a gatas quiero ir', me decía entre sollozos", recuerda Lydia, quien además tuvo que enfrentarse a la voluntad de su padre. "Pero cómo vamos a ir a Zaragoza con el niño así y tras la paliza que nos han metido", exclamaba Antonio. Pero la fe de los pequeños movía montañas y fueron testigos del que seguramente sea el partido más emocionante de la historia del CAI. "Un partido así no se nos olvidará en la vida", resalta la madre de familia.

El vínculo ya había echado fuertes raíces y estaba fuertemente creado y es que, aunque sea desde la lejanía, la familia Orós sigue al día la actualidad de su equipo: fichajes, renovaciones, sorteos, concursos... "Pol está convencido de que va a ganar la camiseta del concurso 'Summer CAI' y hasta mi padre está aprendiendo a manejar una tableta para estar al tanto de todas las novedades del equipo. No sé quién disfruta más, si el abuelo o los nietos", señala Lydia todavía con cierta admiración.

La única realidad es que gracias a Pol y Eric, y quienes les inculcaron la pasión rojilla, Antonio y Lydia, la nómina y el sentimiento caísta sigue creciendo. Aunque para ello haya que superar la distancia, el CAI siempre estará cerca de estos menudos aficionados. "Lo único que va a todos lados es la camiseta; es lo primero que se mete en la maleta. Los calzoncillos no hacen falta, pero la camiseta del CAI Zaragoza siempre está ahí", concluye.